Entre huellas de luz y sonido

Carlos Jover, 2007

Cultura - El Día del Mundo, 2 enero, 2007

La artista ha recibido el premio de la feria internacional de grabado - Estampa por su serie ’¿Te deja ser feliz el animal que llevas dentro?’ y acaba de editar el libro ’Drawings’

CARLOS JOVER

PALMA.- Mónica Fuster ha recibido el premio de la feria internacional de grabado Estampa en su última edición por su serie ¿Te deja ser feliz el animal que llevas dentro?, realizada en los talleres de la Fundació Miró de Palma. Por otra parte, acaba de editar el magnífico libro Drawings, un auténtico objeto de culto para todo coleccionista, y se prepara para atacar por varios frentes simultáneos en sendas exposiciones individuales que permitirán adentrarse en su obra de una manera absoluta. El año nuevo, pues, se presenta pleno de expectativas para esta artista. El texto que hoy reproducimos ha sido escrito para el número de una revista cultural que ve la luz también con el nuevo año. Felicidades.

Tal vez ella no lo sepa, pero la mayor parte de las formas que Mónica Fuster ha introducido en el mundo real -lo cual, en sí mismo, es ya algo inaudito, pues lo de «introducir» está aquí dicho con plena consciencia y literalidad, y ello no se da más que en muy contadas ocasiones en la historia de la plástica y de las ideas estéticas-, son formas que se acumulan hacia dentro, generando la sensación de riqueza hacia el interior y colocando al mundo en el que el espectador se encuentra situado en una posición mendicante. La curva de protección siempre indica que lo valioso está fuera del alcance, y así se integra con toda naturalidad, sin sufrir ningún artificio cultural, en el territorio del misterio, que inunda con sus aguas profundas los orígenes mismos del arte. Porque es el misterio el conducto que Mónica Fuster ha escogido para expresarse, valga la paradójica circunstancia. Y es por eso que, en el más postcontemporáneo sentido del concepto de palimpsesto, su obra va creciendo a modo de huellas y de señales que indican su paso por un lugar de la ruta espiritual y, además y sobre todo, aportan datos de lejana comprensión sobre quién es y cómo es la artista que ha pasado por allí.

Bestiario inexistente

Formas imaginarias pertenecientes a un bestiario inexistente, a una naturaleza imposible, a una memoria que sólo recuerda lo que nunca fue, sirven por el contrario a la artista para crear una tensión emocional paralela, que deviene sustituto de la propia vida en los instantes mágicos en los que la obra es «advertida» y «digerida» por el espectador. En esos momentos en los que el arte se ha apropiado de todo el horizonte sensible, y la necesidad ha sido arrinconada como en la peripatética Grecia clásica, la artista se erige como referente único y absoluto de la «perspectiva vital» del espectador, y ese sentimiento de inmanencia, de proximidad con la esencia intelectiva y no religiosa del concepto de divinidad, deben servir sin duda para explicar el movimiento de su ansia, el aliento de conquista con el que se dirige a nosotros sin mirarnos pero sabiéndonos allí expectantes.

Y en ese viaje hay también compañeros a distancia, compañeros cuya obra se construye pareja, como el caso de la de Javier Pérez en España, o la de Kiki Smith en Estados Unidos. Indagadores de los secretos de la alquimia, de la metamorfosis de las sustancias orgánicas que padecen un estado de vigilia tensado entre la vida y la muerte, descubridores de otras señales que anteriores viajeros han dejado para que sólo los iniciados en esa ascensión por el filo de la línea de sombra puedan encontrar e interpretar. «Todo ángel es terrible...», «porque lo bello no es nada más que el comienzo de lo terrible...»: citas recogidas en el castillo de Duino por un anterior navegante de esos mares repletos de huellas indelebles, y que, desde su «fractalidad», enmarcan una misma actitud ante el misterio que lentamente se desnuda entre destellos tangenciales.

¿Pueden la luz, la sombra, el sonido dejar su huella como testimonio de lo que debe ser otra realidad, y así elevarse a portavoces del arte? Es evidente que en sí mismos han sido utilizados como herramientas de trabajo por artistas de todos los tiempos de manera recurrente; otra cuestión distinta es su concepción como «puerta de acceso» directa, no como pasadizo, hacia lo que vive en otro tiempo y en otro mundo, y que sin embargo nos transita el subconsciente a través de los sueños y a través de las premoniciones, construyendo una realidad cuyo único punto de sutura con la que, para los no avisados, es la realidad aparente está en las superficies materiales de algunas obras de arte. Mónica Fuster ejerce de suma sacerdotisa en esta suerte de templo del Neoapolo en una redescubierta Delfos, y bucea en aquellos lugares recónditos de donde proceden los materiales más profundos, tanto del subconsciente colectivo como de la materia prima de lo humano.

Para ello recurre a una imaginería que tiende a lo universal y atemporal; la alquimia, que transforma un compuesto en otro, transforma las sustancias más íntimas del cuerpo en referentes en los que se escenifica la máxima interiorización de esta transformación de fluidos: este tránsito se materializa en la serie Sad Trees (2003) con vidrios coloreados que con su movimiento detenido constituyen una imagen idónea para esta transmutación; y la que titula Dulce antropofagia (2001) en la que se recrean tejidos viscerales en un nuevo viaje a las entrañas de donde surgen las fértiles incursiones a estos estados del inconsciente; o la descomposición de la torre de pastillas de jabón en contacto con el agua, de la obra Gota a gota (2002) realizada junto con Nicholas Woods, que ejemplifica también esta metamorfosis de las substancias. Pero esta incursión por territorios velados alcanza su expresión idónea cuando ya no es la materia la que se «encarna» sino la luz, el relieve de la huella, el sonido y el aire (éste último, que dota de una nueva atmósfera a todo aquello que contiene, presente en los habitáculos de plástico de las obras Habitación 603 y Hellium, ambas realizadas junto a Woods en el 2002, y en la instalación realizada en la isla de Videy, Islandia, en 2006, titulada Andvarp), o los híbridos entre hombres y animales de Huellas y Señales; animales de otros mundos (2003) y de Traç (expuesta el pasado 2006 en la Fundación Pilar y Joan Miró de Palma), que se remontan a la memoria de los tiempos, pero que sólo pueden convertirse en «presencias», transfigurados en sombras, o reverberando en la luz, porque sólo así puede hacerse sensible lo inmaterial.

Un viaje a los ámbitos más subterráneos del hombre, en donde se entretejen carnalidad e imaginación, es lo que nos propone Mónica Fuster, obteniendo con sus vídeos, sus instalaciones y en general con toda su obra un acceso a la percepción más profunda, aquella a la que sólo se puede tener paso activando todos los sentidos, para así dejarse conducir a territorios de una memoria velada, que nos coloca ante el abismo de nuestra propia existencia, tal vez radicado en un pasado remoto pero huyendo ahora mismo como una ménade hacia un futuro sin orillas donde alguna vez vivió el dios Dionisos.

* Una adaptación de este texto se ha publicado en el CD -ROM de la exposición Arts al Palau 2007 y en el nº 31 de la Revista Segell de LLeonard Muntaner, Editor.